Crónica de un país al revés: votás, sos un boludo que no representas a nadie
Al final, los únicos boludos somos los que vamos a votar. Sí, nosotros, los románticos de la urna, los ingenuos que todavía creemos que marcar una X en una boleta puede cambiar las cosas o ratificar que lo que está haciendo un gobierno es lo mejor para una sociedad. ¡Pobres de nosotros!
Caminamos hasta la escuela, o vamos en bici, en auto, en cole o en lo que sea y hacemos fila, damos el número de orden como si estuviéramos entrando a un recital… ¿para qué? Para elegir nada más y nada menos a los que nuestras convicciones nos manden a ver un futuro mejor o simplemente a decir en blanco, nadie me representa.
Algunos votan para decirle “no” a algo, otros para armar un Frankenstein electoral que junte un poco de todos o para expresar que es por ahí. Algunos, incluso, votan en blanco, como quien grita en silencio “¡esto así no va más!”
Pero claro, mientras nosotros jugamos al voto responsable, hay una nueva elite ciudadana que ha descubierto el verdadero camino a la iluminación democrática: no hacer absolutamente nada. Para transformarse en el porcentaje castigado por un sistema y ser la mejor escusa de los políticos perdedores, esos que los que fueron a votar les dieron el raje, como paso en San Luis.
Los nuevos héroes del sistema son los que no van a votar. Sí, esos que antes eran tildados de apáticos, cómodos, despreocupados, ahora son presentados como víctimas sagradas.
Como no encontraron un candidato que los represente al 100% y decidieron quedarse en casa, entre Netflix y delivery, con la conciencia limpia y el culo más limpio aún. Total, si hay que cambiar algo, que lo hagan otros.
Y después están los buscadores seriales de Google: “¿Dónde voto?” seguido de “¿Qué pasa si no voto?”. Spoiler: nada. Multita de $1.000 o $2.000, que claramente no vale el esfuerzo de mover una nalga hasta la escuela más cercana. Porque claro, para indignarse en redes no hace falta certificado de voto.
Lo más lindo viene cuando esos mismos que no votaron se indignan con los resultados. ¡Ah, pero cómo se quejan! Se convierten en panelistas de la democracia, opinólogos full-time, dando cátedra de lo que debería pasar si todos fueran tan lúcidos como ellos. Y si los resultados no les gustan, la culpa es de los que fuimos a votar. Obvio. Nosotros, los boludos de siempre.
Encima, algunos referentes sociales, sindicales, progresistas de Instagram, salen a desacreditar al que votó. ¡Mirá qué nivel de caradurez! Resulta que ahora participar, poner el cuerpo, hacerse cargo, es de “bobos no reprentatidos”. Los verdaderos sabios son los que se borran y después aparecen para llorar que el país va mal. Y claro que va mal, maestro, si ni para tachar una boleta podés tomarte diez minutos.
Basta del discurso que el que vota es un tonto útil y el que se hace el boludo es una víctima del sistema. Si no votás, no te quejés. Y si te quejás, por lo menos ponete los pantalones la próxima. Porque la democracia no se construye desde la cama con el celu en la mano, de una historia de Instagram, de suposiciones de lo que puedo haber pasado si iban a votar los que no fueron, se construye de eligiendo, equivocándose, sí, pero bancándosela.
Y para cerrar, a los políticos perdedores que quieren seguir manteniendo los curros de siempre, esos a los que el electorado —sea el porcentaje que sea— ya les dijo que no: háganse cargo. Dejen de disfrazar su derrota con discursos en donde los votantes quedan como estúpidos y los ausentes como mártires. Y a esos periodistas que hacen malabares para justificar lo injustificable, apañando a los que pierden y ninguneando a los que van a votar, sepan algo: la gente no es estúpida. La responsabilidad como ciudadanos de elegir, de equivocarse o de acertar, no se borra por mucho que ustedes nieguen ver lo que claramente está pasando. Esta es una nueva Argentina, el nuevo San Luis. Y aunque no les guste, se vota, se participa, y se banca.
Editor Una Buena Mañana.