La última cena tuvo lugar la noche de este jueves, junto a dirigentes, todos exfuncionarios de su última gestión, y algunos pocos candidatos. En ese encuentro, el exgobernador habría planteado que, en caso de hacer un “papelón electoral”, se retirará de todo.
A diferencia de la derrota que lo sacó del poder en San Luis —y en la que sostuvo que él no había perdido porque no era el candidato—, esta vez tampoco lo es, pero sí fue quien se cargó la campaña al hombro. Recorrió San Luis como hacía muchos años no lo hacía, con el objetivo de recordarle a su gente que él seguía siendo el único líder. Una figura que, puertas adentro del justicialismo puntano, se había ido desluciendo. Todo esto con la esperanza de volver a manejar los hilos de la provincia.
Alberto siempre batalló con la idea de que “la gente no lo quiere”. De hecho, entre él y su hermano —de alto carisma en los años 80 y 90—, le tocó cargar con el papel del “malo de la película”, y en muchos aspectos, lo asumió. Incluso durante su etapa como gobernador, sentirse no querido lo frustraba profundamente. Siempre a la defensiva, entendía que quienes lo adulaban lo hacían con fines interesados, para obtener algo a cambio. Esa actitud lo acompañó durante toda su vida política. Esta vez no está dispuesto a perder el próximo domingo, aunque lo enfrente con una paciencia poco común… y tal vez con muchos votos en contra.
“No voy a soportar una derrota que nos deje realmente afuera de cualquier explicación”, les comentó Alberto a sus laderos más cercanos durante la cena, que fue, al mejor estilo peronista, a base de choripanes con salsa criolla.
Sin negar la esperanza, uno de los comensales dejó trascender cierta algarabía y entusiasmo, fantaseando con una posible victoria del espacio de Rodríguez Saá. Sin embargo, el toque de realidad lo aportó el propio exgobernador, quien les dijo: “No aprenden más”. Recordó que esto ya les había pasado antes, que él puso dinero, tiempo y recursos personales para hacer la campaña, que ya había perdido un mano a mano con Poggi y que no permitiría que se repitiera. Les reclamó que lo único que les pidió fue conseguir fiscales para cuidar los votos, y que ni siquiera eso pudieron hacer, pese a que, en algunos casos, hasta le pedían plata para poner fiscales como en los viejos tiempos.
Al plantear esto, las caras cambiaron. Fue entonces cuando una de las asistentes comentó que los ánimos se vinieron abajo, aún más cuando Alberto les habló sin rodeos: les recordó que la gran mayoría estaba allí porque habían quedado afuera de todo. Sabía que algunos especulaban con un acercamiento al oficialismo, poniéndose en la vereda opuesta electoralmente. Aclaró que no todos compartían las mismas necesidades, pero sí el hecho de estar, por sobre todas las cosas, en la misma vereda. Evidentemente, los bolsillos de los presentes no son iguales.
Por último, pidió un último esfuerzo y anunció que el lunes, después de las elecciones, se reuniría a primera hora con su mesa chica para evaluar el futuro del espacio. Algo inusual en su estilo, como si ya se anticipara a que el 12 de mayo no habrá “San Perón”.