Todo estaba listo: la sede del Partido Justicialista, las luces, los seguidores leales (o los que quedaban), los discursos medio ensayados y esa esperanza terca de que quizás no sería tan grave. Pero no. El domingo 11 de mayo, pasadas las 23, cuando los números ya mostraban un contundente 47% para Ahora San Luis y un magro 26% para el albertismo, el gran ausente fue justamente el protagonista de la película: Alberto Rodríguez Saá.
Sí, el mismo que se encargó de agitar la campaña con todo el arsenal: promesas recicladas, obras invisibles, discursos caudillescos y ataques frontales (y un tanto desesperados) contra Claudio Poggi. El que decía, sin ruborizarse, que el actual gobernador era un delincuente. Ese que se subía al «caballo del comisario» en cada acto que hacia por algunos pueblos. Bueno, ese… desapareció como como dieta en diciembre.
No es que no se sabía. De hecho, ya lo había advertido en su célebre “última cena” con exfuncionarios y candidatos: “Si sacamos pocos votos, no pongo la cara”. Y fiel a su palabra, no la puso. Por lo menos una vez cumplió.
Mientras tanto, en la sede de Caídos en Malvinas, los pocos que se animaron a ir se encontraron con un ambiente fúnebre. Algunos intentaron mantener el ánimo, pero la energía se evaporaba con cada dato que llegaba del escrutinio. La escena era un déjà vu de aquel 11 de junio de 2023, pero esta vez sin lágrimas: ya no quedaban ni ganas de llorar.
Quien sí se animó al micrófono fue Eugenia Catalfamo, que ya tiene un máster en dar la cara en derrotas aplastantes. Con una sonrisa tirante —y un discurso que parecía improvisado en el camino— intentó ponerle algo de dignidad al naufragio. Dijo que estaban felices, que no le deben nada a nadie (¡menos mal!), y que en dos años volverán con alegría. También aseguró que hay pueblos enteros “apretados” (otro clásico de manual). Y pidió perdón porque, según ella, es “verborragia”… aunque a esa altura, nadie parecía con ánimos de filosofar.
Claro que la frase más transparente fue la que no dijo: que seguramente buscará algún cargo nacional para no soltar la teta del Estado, esa que la alimenta hace más de una década. Porque perder elecciones, sí. Pero soltar el sillón, jamás.
Mientras tanto, en la otra vereda, Poggi no solo suma bancas, intendencias y concejales, sino también certezas: el “nunca más” al modelo Rodríguez Saá empieza a ser más que una consigna.
Y Alberto… bueno, Alberto sigue sin aparecer. Lo último que se supo de él es que prometió el TUKI TUKI. O tal vez, simplemente, se está acostumbrando al silencio que da perder el poder.